Belén Montealto
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16 - AGOSTO - 2009

Cinco hermanos napolitanos entusiasman con su arte a la realeza española.


          El pequeño demonio reposa un poco pálido encima de la mesa. La cuencas de los ojos están vacías, ya que todavía está un poco húmedo. Sólo cuando esté seco, Emanuele Scuotto y su hermano Salvatore le pondrán dos ojos azules de vidrio antes de que sus hermanas Anna y Susy creen un traje de seda rojo como el fuego. Nicoletta, la mujer de Salvatore, le dará color al rostro con un pincel fino. Y Raffaele Scuoto venderá esta criatura de mirada dura en la pequeña tienda de la sinuosa Vía Tribunali de Nápoles.

          "La Scarabattola" se llama el taller de los cinco hermanos Scuotto. El nombre hace referencia a las antiguas vitrinas de madera con puertas de cristal en las que las ricas familias de la ciudad presentaban sus objetos de valor. "Producimos pequeñas preciosidades, por eso nos decidimos por ese nombre", explica Raffaele Scuotto, que dirige las ventas.

          El negocio cuenta con un par de metros cuadrados, en las vitrinas hay esculturas de terracota, figuras de pesebre de yeso con finos rasgos y numerosas imágenes de la mitología napolitana. Y sobre todo, distintas versiones de Polichinela, un personaje burlesco de la Comedia del Arte con traje blanco y una máscara negra.

          La tradición napolitana es lo que más les interesa a los hermanos Scuotto. Quieren mantener vivas las costumbres y rescatar aspectos que se habían sumido en el olvido. Para ello, se documentan en antiguos libros que relatan tradiciones de la región, hablan con profesores de etnología y escuchan relatos que cuentan los más viejos de la ciudad.

          Su principal interés se basa en los pesebres navideños, por los que Nápoles es conocido desde el siglo XVII. "Los pesebres napolitanos reflejan la vida diaria napolitana. Queremos mantener viva esta tradición sin copiar", explica Raffele Scuotto.

          Los hermanos Scuotto son conocidos mundialmente por su fiel interpretación de la cultura local, y todo esto gracias a un rey. Juan Carlos I de España les encargó 147 figurillas de pesebre en 2001 para el Palacio Real. El pedido fue el éxito más grande cosechado hasta ahora para los hermanos Scuotto y el salario por largos años de trabajo y pasión.

          "Todo empezó con mi hermano Salvatore", cuenta Rafaelle Scuotto. "Estudió en la academia de Bellas Artes y como escultor en Nápoles no tuvo mucha suerte. Por aquel entonces yo trabajaba en Milán tras haber finalizado los estudios de Turismo. Un día, de visita en casa, cayó en mis manos un pequeño ángel que Salvatore había hecho de barro. Yo no tenía ni la menor idea de arte, pero este ángel me gustó".

          Raffaele se informó en una tienda artesanal de la ciudad sobre el valor de una escultura de este tipo y se dio cuenta de que su hermano exigía la mitad del precio del mercado.

          "En aquel momento decidí abandonar mi trabajo en Milán y crear una empresa con mis hermanos escultores Salvatore y Emanuele. Ellos se dedicaban a la escultura y yo me encargaba del negocio", recuerda Raffaele.

          Esta distribución del trabajo sigue hasta hoy en día, motivo por el cual el trabajo conjunto entre los hermanos funciona tan bien, según cuentan ellos mismos. Mientras Raffaele está sentado en la tienda entre una bruja del mar de color azul y negro y una mujer haciendo punto en cuyos rasgos se vislumbra la sabiduría de la vejez, Salvatore y Emanuele trabajan en el patio trasero de un palacio recientemente restaurado.

          Desde el primer piso se oye el zumbido de una máquina de coser. Entretanto, las hermanas Anna y Susy y Nicoletta, la mujer de Salvatore, también forman parte del negocio.

          Sin embargo, al principio este negocio familiar fue muy poco rentable. "Por las mañanas trabajaba en el restaurante de al lado para poder pagar nuestro alquiler", explica Raffaele. Tenía grandes aspiraciones, los hermanos se negaban a ganar dinero con mercadería turística barata.

          El auge llegó en forma de un español que dio una vuelta por la tienda y preguntó detalladamente por la manera de trabajar, hasta que pidió finalmente a los hermanos que participaran en la oferta pública del Palacio Real español.

          "La Scarabattola" presentó una oferta. "Era el doble de cara que el presupuesto previsto. Nosotros utilizamos seda y plata de verdad. Si alguien quiere lo que nosotros producimos, también debe pagar nuestros precios". Calcularon 100 euros por figura (unos 142 dólares).

          Los españoles quedaron tan fascinados con las facciones del rostro, los delicados trajes y la autenticidad de las figuras que de un día para otro duplicaron su presupuesto. Así fue como los hermanos Scuotto se convirtieron en proveedores de la Corona.

          Cada una de las figuras que abandona el taller napolitano es una pieza única. Nicoletta otorga con su pincel un rostro inconfundible a cada una de ellas. Anna y Susy logran un cuerpo estable con relleno de lana y alambre de hierro, diseñan los vestidos, tiñen la seda y cortan las telas.

          ¿Se trata de un trabajo que podrían hacer en cualquier parte del mundo? De ninguna manera, dicen los hermanos. "Aquí en Nápoles cada piedra cuenta una historia y el mar es como un muro de protección para nuestras tradiciones", explica Raffaele. Aquí los mitos del pasado se convierten en un presente vivo. Y sólo aquí los angelitos están sentados tranquilamente al lado de los demonios.

          Extraida de:

          http://www.elpais.cr


  Los brazos, rostros y pies, extendidos sobre la mesa del taller, darán pronto "vida" a las figuras de pesebre que crean los hermanos Scuotto.



Última modificación realizada: 16 - AGOSTO - 2009


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